sábado, 18 de mayo de 2013

Ella contra la pared y yo contra ella.

Subimos las escaleras a trompicones. La llave no quería entrar en la cerradura. Joder. Ella contra la puerta; yo contra ella. Su camisa vaquera y ese sujetador negro que me dedicaba una sonrisa, una sonrisa que me tenía que comer. Y comencé a comérmela.

Su respiración era fuerte, como sus uñas clavándose en mi espalda. Sólo me dediqué a rajarle su camisa, quitarle el sujetador y dejarla en bragas. Me pegó un empujón y me quedé tirado en mi sofá. Se tocaba para mí y pronto vino a hacerle una visita a mi entrepierna. Yo le respondí a eso bañando mis labios en el caldito que soltaba su caramelito. Dios, cómo me estiraba del pelo. Intercambiamos saliva, lenguas y otras cosas. Me dijo: “chulo de mierda, déjame que te sienta bien dentro”. No me podía negar a eso, joder…

Sudores, mordiscos y arañazos por la espalda. Sus piernas eran como unos barrotes de azúcar en una cárcel. No quería escapar… Eran dulces, me gustaban y quería más, mucho más que muchísimo, y demasiado. Un orgasmo tras otro. En la cama, en el baño, en el balcón. No sé si eso era amor… Sé que era sexo. Me gustaba ese sexo.

Dieron las tres de la tarde y se acabaron los condones. No tenía dinero, ella se piró y se llevó mi tabaco. Me cago en la puta.