Su respiración era
fuerte, como sus uñas clavándose en mi espalda. Sólo me dediqué a rajarle su
camisa, quitarle el sujetador y dejarla en bragas. Me pegó un empujón y me
quedé tirado en mi sofá. Se tocaba para mí y pronto vino a hacerle una visita a mi entrepierna. Yo le respondí a eso bañando mis labios en el caldito
que soltaba su caramelito. Dios, cómo me estiraba del pelo. Intercambiamos
saliva, lenguas y otras cosas. Me dijo: “chulo de mierda, déjame que te sienta
bien dentro”. No me podía negar a eso, joder…
Sudores, mordiscos y
arañazos por la espalda. Sus piernas eran como unos barrotes de azúcar en una
cárcel. No quería escapar… Eran dulces, me gustaban y quería más, mucho más que
muchísimo, y demasiado. Un orgasmo tras otro. En la cama, en el baño, en el
balcón. No sé si eso era amor… Sé que era sexo. Me gustaba ese sexo.
Dieron las tres de la
tarde y se acabaron los condones. No tenía dinero, ella se piró y se llevó mi
tabaco. Me cago en la puta.